Cuando Aurelian dijo “te amo”, algo en Mercy se rompió. Las palabras que tanto había anhelado fueron como un juramento más profundo que los votos de su boda. Las lágrimas se le escaparon mientras lo miraba fijamente, con el cuerpo temblando bajo su peso, su pene grueso enterrado hasta el fondo, abriéndola entre dolor y placer.—Yo también te amo —susurró con la voz quebrada—. Dios, Aurelian... te amo tanto.Entonces la besó, despacio, con reverencia, casi con ternura, rozándole los labios como si quisiera grabarle la declaración en el alma. Pero cuando se apartó, la mirada oscura de Aurelian había cambiado.El amante tierno que había conocido en aquellos instantes robados seguía ahí, pero ahora había algo nuevo bajo la superficie. Algo más oscuro, más hambriento. Era un hombre que había esperado días, conteniendo cada instinto, y ahora estaba libre en su isla privada, sin nadie que lo detuviera.Aquel Aurelian era distinto.Se apoyó en los antebrazos, manteniéndola atrapada bajo su cue
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