El sol de la tarde se alargaba sobre la calzada de mármol del Resort Aurelia de Lisbourn.La partida de Gabriel fue casi ceremonial.Frente a la entrada privada reservada a la familia Wyndham ya se había formado un convoy. Camionetas negras de lujo se alineaban con una disciplina casi simétrica. El personal de seguridad mantenía una formación discreta pero inconfundible. El propio director ejecutivo del resort había bajado a despedirlo.Dentro del salón privado, Gabriel se mantenía erguido y dueño de sí, esa clase de hombre cuya presencia imponía respeto sin esfuerzo.Aun pasados los sesenta, se veía poderoso. Su cabello castaño oscuro, apenas salpicado de canas, estaba peinado a la perfección. Con sus penetrantes ojos verdes, del mismo tono inconfundible que los de su hijo, Gabriel lo observaba todo en silencio. Mantenía la espalda recta, los hombros anchos, los movimientos contenidos.Un rey que dominaba su trono desde hacía mucho. Aurelian permanecía junto a él, las manos en los bol
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