Diana se levantó de su asiento de un salto, con el corazón acelerado por la alegría. Las manos le temblaban mientras las apretaba una contra otra, incapaz de contenerse. Charles abrió los ojos como platos por la impresión y, por un momento, no pudo respirar bien. Se volvió despacio para mirar a su esposa, y los dos compartieron una mirada larga y silenciosa, incrédula y esperanzada.—Cariño… ¿en serio eres tú? —preguntó Charles con la voz temblorosa, inclinándose hacia el celular, temeroso de que el momento se desvaneciera si hablaba demasiado alto.—Sí, papá, soy yo —respondió Isla por el altavoz del celular, con voz serena pero emocionada—. Y estoy bien. En serio estoy bien. —Hizo una breve pausa y luego continuó con suavidad—. Lamento muchísimo todo lo que pasaron. Nunca quise causarles este dolor. Pero era necesario.Diana volvió a quebrarse, cubriéndose la boca mientras las lágrimas le corrían libremente por la cara. Esta vez, sin embargo, sus lágrimas ya no eran de miedo ni de do
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