Gabriel se quedó frente a la puerta de Isla por más de una hora. Tocó. Suplicó. Esperó en silencio, con la ilusión de que ella abriera la puerta, aunque fuera una sola vez.Pero nunca lo hizo.Al final, el cansancio y la decepción lo doblegaron. Apoyó la frente contra la pared un momento, luego se dio la vuelta y volvió a su habitación.En cuanto entró, sintió el vacío. El silencio del cuarto era insoportable. Se sintió frustrado y pequeño, como un hombre que había perdido todo lo que le importaba.Se metió en la cama y se quedó allí mirando el techo, incapaz de dormir. Sintió una punzada al caer en cuenta; llevaba días sin dormir en paz, y ahora entendía por qué. Isla se había vuelto su calma, su paz y su escudo.Qué tonto había sido al pedirle que durmiera en otro cuarto. “Su cuarto”, se corrigió con amargura.Todo lo que salió mal era culpa suya. Cada lágrima que ella derramó, cada gota de dolor en su voz, cada mirada fría de ella, se lo merecía todo.Aun así, trató de consolarse co
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