Por supuesto. Tenía que tratarse de Delphine.Siempre era por Delphine.La audacia de aquella mujer, entrando a un club, interrumpiendo la velada y atreviéndose, encima, a hablar de la antigua amante de su esposo, le hirvió la sangre a Isla.Pero antes de que pudiera decir nada, la voz de Gabriel sonó baja y firme.—Madre —dijo, con un tono de furia contenida—. Te lo voy a decir una sola vez: no vuelvas a mencionar el nombre de Delphine delante de mí ni de mi esposa.Anna abrió los ojos de par en par, sorprendida, pero él continuó, con palabras duras e inflexibles.—Soy un hombre felizmente casado, madre. Amo a mi esposa y necesito que respetes eso. Así que, si ya terminaste, deberías irte.Anna lo miró con incredulidad. Nunca lo había escuchado hablar de esa forma. Sonaba hostil, demasiado hiriente, como si ella no fuera nada importante en su vida. Por un segundo, pensó que había oído mal. Pero el tono de su hijo no dejaba lugar a dudas.Antes de que pudiera responder, la voz de Isla
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