Los labios de Alfred se curvaron en una sonrisa tranquila y agradable. Levantó su mano arrugada, señalando la silla al lado de Jeffrey Cavalier.—Siéntate, Isla.Pero ella no se movió.Por un segundo, sintió que el corazón se le detenía. El miedo le recorrió las venas como si fuera hielo. “Seguro que el viejo se creyó la misma mentira que Gabriel”, pensó. Su instinto fue defenderse, explicarlo todo, suplicarle que le creyera. Pero antes de que pudiera siquiera abrir la boca, las siguientes palabras de Alfred le robaron el aliento.—No seas tonta, Isla —dijo él con calma—. Yo lo planeé todo. Los resultados falsos de la prueba de embarazo, las fotos, todo. Yo lo hice. Ahora, siéntate y escúchame.El mundo a su alrededor pareció congelarse. Isla se quedó mirando, sin pestañear. Le temblaron las rodillas y se aferró al borde de la silla para mantener el equilibrio.—¿Qué… qué acaba de decir? —susurró con la voz temblorosa.Alfred solo la observó con esa misma expresión tranquila, como si l
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