El muelle viejo estaba en el extremo norte de la isla, abandonado hace años después de que papá construyera uno nuevo más cerca de la casa principal. Era escondido, privado, el lugar perfecto para conversaciones que no querías que nadie escuchara. Sofía llegó primero, sentándose en el borde del muelle con las piernas colgando sobre el agua turquesa. El sol estaba bajando, pintando el cielo en tonos de naranja y rosa que habrían sido románticos en cualquier otra circunstancia. Escuchó los pasos de Diana antes de verla, ese ritmo familiar que había aprendido a reconocer en cualquier lugar.—Viniste —dijo Diana, sentándose junto a ella, pero cuidadosa de mantener espacio entre ellas, como si tocarse ahora fuera demasiado peligroso.—Dijiste que necesitábamos hablar —respondió Sofía—. Así que estoy aquí.Diana se quedó en silencio por un momento, mirando el océano. Luego habló, su voz cuidadosamente controlada. —¿Cuándo, Sofía? ¿Cuándo les vas a decir?—Diana, ya hablamos de esto...—No —
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