El silencio que sigue a la propuesta de Arthur no es un vacío, sino una entidad física que pesa sobre mis hombros, cargada de una humillación que me quema la garganta. El aire en el gran salón de los Belmont, impregnado del aroma a madera de cedro y cera cara, de repente me resulta irrespirable. Miro a mi Arthur, el hombre cuya sangre corre por mis venas y que, en un giro cruel de los acontecimientos, acaba de intentar comprar mi lealtad —mi vida entera— con una propuesta envuelta en promesas de herencia.Siento una punzada de dolor en el pecho, una grieta en la imagen que he estado construyendo de él. Por un segundo, el tiempo se detiene. Los rayos del sol de la mañana se filtran por los ventanales, iluminando las motas de polvo que flotan entre nosotros, ajenas a la situación que se presenta ahora mismo.Le dedico una sonrisa triste, una que no llega a mis ojos, porque lo que siento es una punzada de decepción que me cala más de lo que creí.—Mi libertad no tiene precio, Arthur —anu
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