Después de la tormenta emocional de la mañana, intento que el sueño sea mi refugio, pero la mente es un territorio difícil de conquistar cuando está plagado de dudas. Me remuevo entre las sábanas de mi habitación en la mansión Belmont, sintiendo el peso del silencio de la casa sobre mí. No es un silencio pacífico; es una calma tensa, la clase de quietud que precede a un terremoto. Aun así, logro dormitar apenas unas horas, despertando con la sensación de que el tiempo se desliza entre mis dedos.Finalmente, decido levantarme ya pasadas las dos de la tarde y entro al vestidor a elegir algo que me haga sentir yo misma, lejos de los vestidos de gala y las etiquetas rígidas de los últimos días. Finalmente, me inclino por unos vaqueros que se ajustan a mis curvas, una camisa de seda blanca de finos tirantes que acarician mi piel y unas sandalias sencillas. Recojo mi cabello en una coleta alta, despejando mi rostro y dejando que mis facciones, todavía marcadas por el cansancio de una noche
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