Respiro profundo, intentando que el aire llene mis pulmones y calme el fuego de mi ansiedad. Al exhalar, me observo. El vestido negro que había comprado esa misma tarde no es solo una prenda; es una armadura. Se pega a mi cuerpo como una segunda piel, resaltando curvas que no suelo resaltar, aunque mis noches en el club no cuentan para mí. El vestido moldea mi figura con una elegancia que me resulta ajena y, al mismo tiempo, extrañamente natural. La tela es de una calidad excepcional, fresca contra mis hombros, pero firme en su estructura.Mi rostro refleja el esfuerzo de las últimas horas. El maquillaje, aunque sencillo, es el resultado de la precisión. Me he aplicado las sombras y el labial con los productos que compré en el centro comercial, buscando un equilibrio. Quiero verme sofisticada, pero no quiero ocultar quién soy. Mis ojos resaltan bajo el delineado sutil, y mi piel se ve luminosa, casi etérea. Las sandalias que la dependienta me ayudó a elegir son piezas de arquitectura
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