Recosté mi espalda en la silla del restaurante, disfrutando del primer momento de paz real en cuarenta y ocho horas. La mudanza se dio en un despliegue logístico. Convencer a Isabela de salir a almorzar fue una victoria táctica. De habernos quedado en la nueva casa, ya estaría encima de una escalera intentando acomodar libros por orden alfabético.En cuanto a Lucía, ella aceptó de inmediato. A mi hermana no había que convencerla de nada si había comida de por medio.—Si vuelves a mirar el reloj, voy a confiscarlo —le informé a Isa, acariciando su mano sobre la mesa—. Para cuando volvamos, todo lo pesado estará en su lugar. Después vendrá lo divertido.—Lo divertido para ti es armar esos muebles suecos con instrucciones imposibles —replicó ella—. ¿Seguro que no van a meter mis zapatos en las cajas de la cocina?Le dediqué una sonrisita.—Apenas encuentre un tacón en la licuadora, yo mismo lo sacaré. Ahora, come, bonita.Lucía reía junto a Camila y Esteban, quienes se nos unieron en el
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