Lo arrastré del brazo por el pasillo, pese a la torpeza de mis propios pasos. Santiago no opuso resistencia. Nos encerramos en mi estudio, encendí la lámpara de escritorio. La luz reveló a un Santiago: descalzo, despeinado y sin camisa, vistiendo unos pantalones cortos de algodón.Mi mente comenzó a trabajar rápido.—¿Y bien? —empecé, cruzándome de brazos sobre mi vientre—. ¿Qué tienes para decir, Santiago?Él exhaló un suspiro largo, rascándose la nuca.—No hice nada, Isa.—Te vi salir de su habitación —ataqué.—No estaba en su habitación —replicó él.—¡Que yo te vi! ¿Ahora estoy loca?Él se cruzó de brazos también, recostándose en la pared. —¿Por qué te pusiste nervioso? —insistí.—¿Cómo quieres que me ponga? —soltó él fastidiado—. Apareces como un espanto en medio de la oscuridad. Creí que eras la Llorona o algo así.Me miré de reojo en el reflejo del ventanal. La bata blanca y el pelo revuelto por el mal descanso. Confirmado, parezco una loca, ese no es el caso, no me dejaría di
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