Siendo realistas, no contaba con un plan maestro. La improvisación en mi línea de trabajo suele ser el recurso que mejor funciona en terreno pantanoso. Toqué el timbre de la propiedad. Pasados unos breves segundos, la figura de Mariana se asomó. —Buenas, ¿en qué puedo ayudarle? —Buen día. Soy Alejandro Ramírez. Pareció ubicarme en algún rincón desagradable de su memoria. —Ah, el amante de mi hermana —escupió—. Si Isabela lo mandó para lavarme el cerebro, como hizo con mis padres, perdió su tiempo. No deseo saber nada de ella ni de su vida de escándalos. Hizo el amago de cerrarme la puerta en la cara. —Vengo por el caso de Ricardo González. Escuchar el nombre de su esposo salir de mi boca la detuvo. Aproveché para sacar la placa y sostenerla frente a su rostro. Mariana palideció; sus ojos saltaron del distintivo a mí. Nerviosa, revisó por encima de su hombro el interior de su casa. —¿Usted es policía? —
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