—No sé, Alejandro... —murmuré, mirando el agua cristalina—. No traje ropa de cambio y no voy a esperar a que el sol me seque. —Quítate la ropa y quédate en ropa interior —replicó—. Te pones la toalla y listo. Alcé la ceja, incrédula. —¿Así de fácil? —Ajá. Lucía apareció a nuestro lado, empapada, el cabello pegado al rostro y una risa que no se le iba. —¡Isa, ven! —insistió—. ¡Está helada pero te reinicia el sistema! Volvió a zambullirse. Se había despojado de la blusa; únicamente usaba su sostén y shorts de mezclilla. Dudé. Alejandro avanzó, salpicándome un poco los pies mediante un movimiento juguetón. —¡Alejandro! —protesté, encogiéndome. —Ups —fingió inocencia—. Anda, bonita, quítate la ropa. Me incliné lo suficiente para que solo él pudiera oírme. —¿No será que todo esto es una estrategia elaborada para verme en ropa interior? —Carajo… me atrapaste —se pa
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