Una calidez matutina quemaba con ternura en mi mejilla. El calor que envolvía mi cuerpo en un abrigo de piel era atrayente. Un aroma que resultaba adictivo. No era solo madera, no… era un olor a testosterona que debilitaba mi cuerpo. Abrí los ojos con cautela. Pensé que la noche anterior, aquello que pasé con Dante, había sido un sueño, una ilusión, un delirio de todo lo que deseaba. Alguien que estuviera conmigo en mis momentos más débiles y me permitiera llorar y, aun así, ser fuerte. Que aquello hubiera sido solo un suspiro, algo que desaparecería en la mañana… Pero no… Ahí estaba él, plácidamente dormido. Lo examinaba con minuciosidad. La luz que se filtraba por la ventana me ofrecía una mejor visión. Su mandíbula era cuadrada, perfilada, y a pesar de que no estaba consciente, seguía emanando esa masculinidad cruda. Su respiración era calmada, profunda, de esas que gritaban a los cuatro vientos que estaba completamente dormido. Sin poder evitarlo, me dediqué a pasar con delic
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