106. Nieve
Las hermosas luces coloridas hacían que mi corazón vibrase. La Navidad era de las épocas que adoraba a más no poder, pues era de esos días donde Nueva York, la ciudad que nunca duerme, se volvía mágica. En Italia era algo parecido. Las luces, los colores, los árboles, todo estaba en una representación tan encantadora que era imposible no enamorarse.Ese día me la había pasado decorando un árbol de Navidad con algunos de los sirvientes de Dante. Desde colores dorados, rojos, azules hasta plateados. Era un carnaval de luces donde colocábamos nuestros regalos navideños. Había finalizado de tejer la bufanda de Dante hacía hace una hora. Al ser buena tejiendo, solo me tomó menos de diez horas.Estábamos a punto de colocar la estrella de arriba cuando la puerta se abrió. Dante, con su paso imponente pero ligeramente lento, nos vio. Su sonrisa se tornó cálida, de esas que tienen miles de pensamientos en la cabeza pero aun así se llenan de calma al estar cerca de nosotros. Con detenimiento mir
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