El día amaneció tibio en Singapur, con una luz dorada filtrándose entre los rascacielos y los árboles que bordeaban las avenidas. Leah caminaba despacio, sin prisa, como si el tiempo por primera vez no la persiguiera. Llevaba un vestido sencillo, de telas suaves que se movían con cada paso, y el cabello suelto le caía por la espalda con naturalidad. No necesitaba joyas ni artificios: había algo distinto en ella, una calma nueva, una paz frágil pero real.Respiró hondo. El aire tenía un aroma distinto al de Bella Vista, menos cargado de recuerdos, menos denso de nombres que dolían. Aquí, nadie la miraba como la esposa de ni como la mujer que perdió. Aquí era solo Leah. Una mujer que caminaba, que sentía, que estaba aprendiendo a sostenerse a sí misma… y a la vida que crecía dentro de ella.Instintivamente, llevó una mano a su vientre aún discreto. Sonrió.—Estamos bien —susurró—. Estamos a salvo.No sabía que, a una distancia prudente, dos hombres observaban cada uno de sus movimientos
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