Fiorella llegó a la recepción junto con los demás invitados. La opulencia que la rodeaba no hacía más que encender su ira. Aquel lujo insultante, los detalles calculadamente delicados, la preparación impecable, la belleza en los arreglos florales, en las cortinas, en los manteles cuidadosamente dispuestos, en la exacta ubicación de cada plato… todo aquello le pertenecía por derecho. Todo debería haber sido suyo, y no de esa pequeña mujer que ahora recibía bendiciones, halagos y buenos deseos que no le correspondían.Tuvo que tragarse la ceremonia entera como un bocadillo seco que se le atoraba en la garganta, clavándosele como una afrenta. Cada palabra, cada gesto, era un golpe que debía soportar en silencio para no levantarse y gritar que se oponía, que aquello era una farsa grotesca montada para el aplauso ajeno. Pero si quería un futuro con el empresario,
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