Elizabetta De Lucca observó largo rato al niño que le sonreía con mucha confianza a su hijo, como si se conocieran desde hacía años. Hablaban de forma natural sin notar que las mujeres se habían quedado oyendo cada palabra que Killian soltaba, afirmando, respondiendo o preguntando con curiosidad, mientras Valentino saciaba su necesidad de saberlo todo. Únicamente faltaba que fueran a sentarse como si estuvieran solos en aquella mansión, hablando de cosas triviales, de la vida, de su desempeño en el colegio, etcétera; y eso es lo que, predicamento hecho, hicieron. Se sentaron en el mismo sofá, riéndose de tontas anécdotas que el pequeño divulgaba con inocencia.—De todos modos, lo has dicho. Creí que te habías olvidado cómo me llamaba.—Solo porque necesitaba hacer las presentaciones. Seguirás siendo “niño” en el futuro. No te emociones.—Pfff… no te creo. Igualmente, ya lo has dicho. Eso me basta —soltó regodeándose del momento.—Killian, querido, eres bienvenido a mi casa —llamó la a
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