LXV A

Elizabetta De Lucca observó largo rato al niño que le sonreía con mucha confianza a su hijo, como si se conocieran desde hacía años. Hablaban de forma natural sin notar que las mujeres se habían quedado oyendo cada palabra que Killian soltaba, afirmando, respondiendo o preguntando con curiosidad, mientras Valentino saciaba su necesidad de saberlo todo. Únicamente faltaba que fueran a sentarse como si estuvieran solos en aquella mansión, hablando de cosas triviales, de la vida, de su desempeño e
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