Vittore llegó a la mansión donde vivían su esposa y su hijo y lugar donde tenían prohibido salir sin permiso de él. Ellos ya sabían la rutina que debían hacer ni bien bajaban del coche, y esa era ir directamente a sus aposentos sin hablar con nadie en el camino. Salvo por esa vez, que los detuvo a medio camino con su estruendosa voz, llamándolos a que fueran a acudir a una de las salas privadas.
—Tengo que agradecerles por haberse comportado como la honorable familia que somos —comenzó diciendo