A la mañana siguiente, Amanda despertó con la sensación de que el cuerpo no terminaba de pertenecerle. Había dormido, sí, pero a tirones, mal, como si en lugar de descansar solo hubiera cerrado los ojos mientras el miedo seguía despierto dentro de ella. Cada vez que abría los párpados, tardaba un segundo en reconocer el techo, la habitación, el olor limpio de su casa. Y ese segundo bastaba para que el pecho se le apretara con fuerza, porque durante un instante volvía a la cabaña, al bosque, a la voz de Daniel demasiado cerca. Se quedó sentada en la cama unos segundos, respirando despacio. “Ya pasó”, se repitió, aunque el cuerpo todavía no le creía del todo. Cuando bajó, ya duchada y con ropa limpia, Amelia la obligó a sentarse a la mesa del comedor como si Amanda tuviera diez años otra vez y acabara de volver de una fiebre. —Te va
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