El aire en el gran salón de la mansión Seller vibraba con una electricidad peligrosa. Azra, con el acta de nacimiento apretada en su mano como un arma blanca, intentó dar un paso hacia Evan, que sollozaba en brazos de una de las empleadas. Sus ojos brillaban con una mezcla de instinto maternal recuperado y sed de victoria, pero antes de que pudiera rozar siquiera la manta del niño, la imponente figura de Baruk se interpuso.Baruk no necesitó palabras. Su sola presencia, sólida como un muro de granito, le bloqueó el camino. Sus ojos le advirtieron que, aunque tuviera la ley de su parte, en ese territorio las reglas las dictaba él.En ese instante de máxima tensión, la puerta principal se abrió de golpe. Zeynep entró, con el rostro perlado de sudor por el ejercicio y el corazón galopando contra sus costillas. Al ver la escena —Azra en su sala, su familia en shock y el llanto de su hijo—, el raciocinio la abandonó por completo.—¡¿Qué haces aquí?! —rugió Zeynep, lanzándose hacia Azra con
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