Las semanas previas a la boda fueron un delicado equilibrio entre la planificación meticulosa y el ritmo implacable de Vance Enterprises. Olivia sentía que vivía en dos mundos: uno de muestras de tela, catálogos de flores y pruebas de pastel con Emma; el otro, de reuniones de fusiones, informes trimestrales y la reintegración de Clara, que demostró ser tan brillante y leal como Olivia recordaba.Pero algo más se infiltró en su ritmo frenético: una fatiga profunda, ósea, que no cedía con el café ni con el sueño. Se encontraba bostezando en medio de presentaciones, su mente nublándose por momentos en los que antes habría estado alerta. Al principio, lo atribuyó al estrés, a las noches cortas, a la montaña de decisiones.Luego, vinieron las náuseas.No eran incapacitantes, pero eran insidiosas. Un repentino malestar al oler el café de la mañana. Una oleada de asco cuando Thorne, conduciendo, pasó demasiado cerca de un camión de pescado. Se las arreglaba, apretando la mandíbula y respiran
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