El primer día después del fin del mundo comenzó con pancakes.Alexander estaba frente a la estufa, concentrado como si dirigiera una junta, mientras Emma, sentada en la barra de la cocina con un babero enorme, supervisaba. Olivia observaba desde la mesa, una sonrisa suave en los labios. Rosa descansaba en el sofá, su brazo en cabestrillo sobre el cojín, vigilando con satisfacción.— ¡Más chispas, papá! — ordenó Emma, señalando con el tenedor.— Las chispas van dentro de la masa, capitana — explicó él, volviendo un pancake con más suerte que destreza. — No encima, o se queman.— Ah — dijo Emma, aceptando la lógica.Olivia no pudo evitar una risa. Ver a Alexander Vance, magnate de los negocios, luciendo un delantal azul y lidiando con una sartén humeante era un espectáculo tan surrealista como encantador. Su pelo estaba despeinado, tenía una pequeña mancha de harina en la mejilla y su expresión era de pura concentración. Nunca lo había visto más atractivo.— Es tu turno — dijo él, sin a
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