La sala de visitas del centro de detención preventiva era fría, impersonal, y olía a desinfectante y desesperación. Alexander, acompañado por Marcus Thorne y con dos agentes de seguridad apostados discretamente fuera de la puerta vidriada, esperaba. Había rechazado la opción de hablar por teléfono a través de cristal. Quería ver la cara de su tío. Quería ver la verdad, o la mentira, en sus ojos.Charles Vance entró escoltado por un guardia. Parecía haber envejecido una década en unas semanas.Su traje caro colgaba de sus hombros, como si el cuerpo debajo se hubiera encogido. Su rostro, antes impecablemente arrogante, estaba demarcado por líneas profundas y una paliza enfermiza.Pero sus ojos, cuando se posaron en Alexander, aún conservaban un destello de la inteligencia gélida que lo había llevado tan lejos, y a esta caída.Se sentó frente a Alexander, las manos esposadas descansando sobre la mesa de metal. El guardia retrocedió unos pasos, permaneciendo en la sala.—Alexander —salud
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