El beso en la oficina no se repitió. Pero su eco reverberó en cada espacio entre ellos, cargando el aire de una tensión nueva y electrizante. Era como si hubieran derribado un muro invisible, solo para descubrir que estaban en una casa de espejos, donde cada gesto, cada mirada, se multiplicaba y distorsionaba.
Los días siguientes fueron un ejercicio de control casi sobrehumano. Cumplieron con su pacto de profesionalismo público. En las juntas, se sentaban uno frente al otro, no uno al lado del