Gio tenía una lengua afilada y, cuando creía tener la razón, no perdonaba a nadie.—¿Ya terminaste con tu estupidez? ¿Acaso te he traído mala suerte a ti? ¡Repítelo y te golpeo! —Ciro, al límite de su paciencia, apretó los puños hasta hacer crujir sus nudillos.Gio, viendo que la situación se ponía peligrosa, cambió de tema al instante. Arqueó las cejas con encanto, desplegando todo su atractivo, aunque lamentablemente eso no surtía efecto en Ciro. Gio siempre había tenido una confianza absoluta en su apariencia; hombres y mujeres por igual solían quedar maravillados al ver su rostro.¡Excepto dos personas! Uno era Ciro, sentado a su lado, y el otro era Paolo Morelli, quien poseía una belleza igual de magnética pero mucho más varonil. A esos dos hombres su belleza les importaba un comino. Y lo más frustrante era que precisamente ellos dos eran los que siempre estaban enredados con Cristi. Dejando de lado la inamovible montaña que era Paolo, ni siquiera había podido desplazar a Ciro, e
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