Cuando el futuro te visita dos veces, la primera es advertencia—la segunda es sentencia.Seraphine la reconoció antes de que la mujer cruzara el umbral. No por los rasgos, aunque eran los suyos propios reflejados en un espejo que mostraba años que aún no habían transcurrido. La reconoció por algo más profundo, más visceral: la forma en que cargaba el dolor, como si hubiera aprendido a respirar con él dentro del pecho.Tenía treinta años, o los aparentaba. Hermosa con la clase de belleza que solo forja el sufrimiento sostenido. Las cicatrices rituales le recorrían los antebrazos en patrones que Seraphine no reconocía—no eran marcas de batalla, sino de algo más deliberado, más antiguo. Y los ojos. Dios, los ojos. Tres colores girando sin pausa, sin encontrar reposo: el ámbar de Seraphine, el dorado pálido de Hemera, y algo más oscuro y absolu
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