Roderick se marchó sin anunciarlo.No hubo palabras de cierre, ningún gesto que marcara el peso de lo que había observado durante seis meses. Simplemente apareció en el patio principal al amanecer, con su abrigo oscuro abotonado hasta el cuello y el cuaderno negro guardado en el bolsillo interior, cerca del pecho, como si fuera algo que requería protección. Intercambió algunas palabras en voz baja con el guardia de turno, comprobó las correas de su bolsa de viaje y echó a andar hacia la salida sin mirar atrás.Seraphine lo vio desde la ventana del corredor del segundo piso.Había despertado antes del alba por costumbre —el cuerpo, una vez entrenado para la vigilancia, no olvidaba sus hábitos— y estaba sosteniendo una taza de té que ya se había enfriado cuando la figura de Roderick cruzó el umbral de la Fortaleza Negra y desapareció entre la
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