– El fin de un contrato, el inicio de un deseoLa tensión en la oficina de Cristina se podía cortar con un hilo. Paula, con esa arrogancia que la caracterizaba, no perdió ni un segundo en marcar su territorio frente al recién llegado. Se adelantó dos pasos, acomodándose el cabello con un gesto ensayado y clavando su mirada en los ojos de Rubén.—Mucho gusto —dijo Paula, extendiendo su mano con una elegancia forzada—. Mi nombre es Paula Bianchi. Y por si no te lo han dicho, soy dueña de todo esto también.Acompañó sus palabras con un gesto amplio de la mano, señalando las paredes del despacho, los ventanales y, simbólicamente, el legado de la familia. Rubén, que había visto pasar a miles de mujeres como Paula por su hotel, no se inmutó. Esbozó una sonrisa profesional, esa que usaba con los clientes más difíciles, y tomó la mano de la mujer con suavidad pero sin calidez.—Mucho gusto, Paula. Soy Rubén Colmenares —respondió él, manteniendo el contacto visual un segundo más de lo necesari
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