—¡Te equivocas! —gritó Elio, y por primera vez, su voz no sonaba autoritaria, sino rota—. ¡Te quiero a ti! No me importa la empresa, no me importa nada más. Sé que me di cuenta muy tarde, sé que fui un ciego, pero te amo, Cristina. Te amo y no quiero perderte. Soy un imbécil... me dejé manipular por mi madre, por sus planes, por su ambición... pero te juro que estoy arrepentido. Solo dame una oportunidad. Quiero que seamos felices los tres: tú, yo e Isaac.En un gesto que dejó a Cristina sin respiración, Elio cayó de rodillas frente a ella. El gran Elio Caruso, el hombre que caminaba sobre el mundo, estaba allí, humillado sobre la alfombra, con las manos juntas en señal de súplica y lágrimas rodando por sus mejillas.Cristina lo miró con una sonrisa amarga y llena de ironía. —Valla... ¿quién iba a pensar que tú, el todopoderoso Elio Caruso, se arrodillaría ante mí suplicando una oportunidad?Se dio la vuelta, dejándolo allí, de rodillas, como una estatua del fracaso. Caminó hacia la v
Leer más