Ella se puso de pie, caminó hacia el armario y comenzó a meter los últimos vestidos en la maleta. Para su sorpresa, Elio se levantó y, en lugar de protestar, comenzó a ayudarla. Doblaba los vestidos con torpeza, pero con cuidado, colocándolos dentro de la maleta como si estuviera guardando tesoros frágiles.
—¿Crees que algún día puedas perdonarme, Cristina? —preguntó él sin mirarla.
Cristina cerró una de las cremalleras y lo miró a los ojos.
—Elio, yo no te odio. Eres el padre de mi hijo, y por