Óscar levantó la vista y miró a Elio. Verlo allí, de rodillas, con esa expresión de desamparo absoluto, tocó una fibra que ninguna prueba de ADN o carta póstuma podría romper jamás. Recordó haberlo cargado en sus hombros, recordó las noches en las que Elio, de niño, lo esperaba despierto para que le contara sobre los negocios. Recordó la lealtad inquebrantable que Elio le había mostrado siempre, incluso por encima de Roxana. Treinta años de paternidad real no podían ser borrados por la ausencia de un gen.—Levántate, Elio —dijo Óscar con una voz que, aunque cansada, recuperaba la calidez de un padre—. Levántate ahora mismo.—¿Para qué? —preguntó Elio, con el rostro bañado en lágrimas—. Soy un bastardo ante tus ojos. No tengo derecho a pedirte nada. Solo... solo quiero que sepas que, aunque no tenga tu sangre, te amo como a nadie en este mundo. Tú eres el único padre que he conocido. Si me echas, me muero, Óscar. No por el dinero, sino porque tú eres mi única verdad.Óscar suspiró, un
Leer más