El zumbido constante de los motores del jet privado es el único sonido que se escucha la cabina principal. Afuera, las nubes se extienden como un océano de algodón bajo la luz de la luna, dejando a Rusia como un mal recuerdo que se desvanece a miles de kilómetros por hora. Emily está recostada en la enorme cama cubierta con sabanas de seda, la mirada perdida en la ventanilla sin observar el paisaje, sino el reflejo de sus propios miedos.La puerta corredera se desliza suavemente. Nicolay entra, sin la chaqueta, con las mangas de la camisa dobladas hasta los codos y desabrochada en el cuello. Se ve cansado, pero su mirada se clava en ella con la intensidad de alguien que admira una joya. Al verla tan silenciosa, el peso de la conversación pendiente se vuelve insoportable.—Sigues despierta —dice él, sentándose en el borde del colchón.—Hay demasiados secretos entre los dos, Nicolay —responde ella sin apartar la vista del cristal—. Tantos, que a veces siento que camino sobre un campo min
Leer más