El vapor del agua caliente llena el cuarto de baño, creando una atmósfera de calma que Emily saborea gratamente, la espuma que cosquillea su piel. Siguiendo las órdenes del médico y las amenazas de Egor, se ha sumergido en la tina, dejando que las sales de baño alivien la tensión de sus músculos y la hinchazón de sus tobillos. Por un momento, el mundo exterior —con sus muertes, sus rutas comerciales y sus deudas de sangre— parece quedar detrás de la puerta de roble.Sin embargo, el silencio se rompe cuando su teléfono personal, colocado encima de los azulejos, vibra con insistencia. Emily estira el brazo, con cuidado de no resbalar, y no ve un nombre en la pantalla, pero decide responder.Duda un segundo. Su instinto le dice que no conteste, pero la curiosidad y una extraña punzada de presentimiento la obligan a deslizar el dedo por la pantalla.—¿Hola? —dice Emily, con la voz suave.Lo que recibe al otro lado es un sollozo ahogado, un llanto que suena a terror puro. Se irgue con el c
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