El Salón Imperial de la funeraria privada estaba sumergido en un aroma asfixiante de lirios y gardenias blancas. El silencio no era de paz, sino de esa tensión eléctrica que precede a una tormenta. En el centro, un ataúd de caoba pulida guardaba los restos de Belice Minsky, la mujer que había gobernado con mano de hierro y que ahora yacía silenciada por la bala salida del arma de Egor Radov.Emily permanecía de pie a la cabeza del féretro. Su vestido negro, de corte impecable, disimulaba apenas la curva de su vientre de cinco meses. Se sentía débil, con las piernas pesadas por el conato de aborto de días anteriores, pero su rostro era una máscara de piedra. No estaba sola. A su derecha, Gora, la tía abuela, parecía una gárgola ancestral vestida de encaje negro, con ojos que no parpadeaban. Al frente, Atha permanecía en su silla de ruedas, con las manos deformes descansando sobre una manta de seda; por primera vez en décadas, no tenía miedo. Igor, junto a sus hijos Ivana y Akim, flanqu
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