Emily estaba allí, sentada en un banco de piedra bajo un sauce llorón, buscando un momento de paz antes de la cena. Egor y Misha, como sombras vigilantes, se tensaron al instante. En cuanto Belice irrumpió en el césped gritando, los dos guardaespaldas se colocaron en formación de V frente a Emily, con las manos firmes sobre las empuñaduras de sus armas.
—¡Tú! ¡Maldita metiche! —aulló Belice, su voz distorsionada por la furia—. ¡Bastarda! ¿Dónde los tienes? ¡Devuélveme lo que es mío o te juro po