El Salón Imperial de la funeraria privada estaba sumergido en un aroma asfixiante de lirios y gardenias blancas. El silencio no era de paz, sino de esa tensión eléctrica que precede a una tormenta. En el centro, un ataúd de caoba pulida guardaba los restos de Belice Minsky, la mujer que había gobernado con mano de hierro y que ahora yacía silenciada por la bala salida del arma de Egor Radov.
Emily permanecía de pie a la cabeza del féretro. Su vestido negro, de corte impecable, disimulaba apenas