Alec la observó en silencio, viendo cómo su cuerpo, al fin, se relajaba. El sudor perlaba su frente, su respiración seguía irregular, pero al menos ya no gritaba. Él mismo tenía las manos temblorosas; cada espasmo que había presenciado antes seguía repitiéndose en su cabeza. Quiso acercarse, pero el miedo a volver lastimarla lo detuvo.Se había obligado a moverse antes, cubriéndola con una de sus sábanas, y notó cómo el cuerpo de ella se relajaba, aunque fuera un poco. No sabía nada de la biología de los licántropos, y esa ignorancia lo frustraba, pero había algo que sí tenía claro: no soportaba verla así. Cada jadeo, cada estremecimiento, le revolvía el estómago, como si el dolor de ella se filtrara dentro de su propio cuerpo.Intentó cargarla, pero el cabestrillo en su brazo convirtió el esfuerzo en una lucha torpe y dolorosa. Apretó los dientes, más por rabia que por el tirón en su hombro. Sin importar el costo, dejarla ahí no era una opción.Se quitó el cabestrillo y logró llevarl
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