La SegadoraMe quedo ahí, enterrado en ella, la frente pegada a la suya, como si quisiera anclar mi presencia hasta sus huesos, como si al quedarme el tiempo suficiente, pudiera borrar toda huella de lo que existía antes de mí y reemplazar cada recuerdo con este calor pegajoso que nos rodea, este calor que se adhiere a las paredes, a los muebles, a nuestras pieles. Sus pestañas parpadean rápido, latidos nerviosos, casi impacientes, como si intentara ahuyentarme al cerrar los ojos, pero su respiración traiciona el esfuerzo que hace por permanecer impasible, respiración corta, ardiente, que golpea mi mejilla y desciende por mi garganta como una quemadura que me niego a apagar. El aire de la oficina está saturado de nosotros, mezcla densa de calor, sudor, perfume, electricidad, una huella invisible que, lo sé, no desaparecerá, no más que la marca que grabo en su memoria con cada segundo que pasa, y que me regresa como un eco en mi propia cabeza, al punto de que casi podría convencerm
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