La puerta del garaje descendió con un chasquido metálico que resonó en el espacio cerrado, cortando la luz del amanecer como una guillotina. El sedán negro quedó sumergido en penumbra, motor todavía caliente, olor a gasolina mezclándose con algo más denso, más orgánico. Sangre.Danna permaneció inmóvil en el asiento trasero durante tres segundos completos, observando cómo la mancha oscura se extendía por la tapicería de cuero bajo el muslo de Stephano. No era la hemorragia explosiva de las películas, no brotaba en chorros dramáticos. Era algo peor: constante, implacable, un goteo que se convertía en charco, que empapaba la tela de su pantalón hasta volverla negra.—Mierda —murmuró Igor desde el asiento del conductor, ya abriendo su puerta—. Perdió más de lo que pensaba.Stephano tenía l
Leer más