Mundo de ficçãoIniciar sessãoLa luz de la tarde entraba oblicua por la ventana del dormitorio de Leonardo, creando un rectángulo dorado sobre el suelo de madera clara. Emma Harrison —porque así debía llamarse, así debía pensarse en cada momento de vigilia— sostenía el biberón en el ángulo preciso que el pediatra había recomendado. Cuarenta y cinco grados. No más, no menos. Leonardo tenía reflujo, secuela de su nacimiento prematuro, y







