Capítulo cuarenta y nueve. El precio de mover las piezasEl parque estaba lleno de risas ajenas cuando Alexandra empujó el columpio de Liam.—¡Más alto, mamá! —pidió él, con las mejillas rosadas y los ojos brillantes.Daniel observaba la escena desde el banco, con un café en la mano y una expresión que mezclaba calma y vigilancia. A simple vista, parecían una familia más. Pero nada en sus vidas era simple ya.—No puedo creer que aún sonrías después de lo de Blackwell —murmuró Carlos, sentándose a su lado—. Yo llevo horas con un nudo en el estómago.Daniel no apartó la vista de Liam.—Porque Blackwell cree que el poder se demuestra en silencio —respondió—. Y yo sé que el verdadero poder se demuestra cuando no te rompes.Carlos lo miró de reojo.—¿Confías en que Alexandra pueda con esto?Daniel giró la cabeza, serio.—No solo confío. Sé que nació para esto.Alexandra se acercó en ese momento, con Liam de la mano.—¿De qué conspiran? —preguntó, arqueando una ceja.—De ti —respondió Carlo
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