La habitación 412 había desarrollado una rutina tan predecible que Cassandra podía anticipar cada intrusión con la precisión de un reloj suizo. Semana veinte. El punto medio exacto de su embarazo, ese hito que en circunstancias normales habría celebrado con entusiasmo, con planes y preparativos. En cambio, lo recibió con la misma resignación clínica que había caracterizado las últimas semanas de confinamiento.El monitor junto a su cama emitía su pitido constante —120/75, estable por ahora— mientras observaba el techo blanco que había memorizado en cada grieta, cada imperfección del yeso. Afuera, el cielo de marzo mostraba ese azul pálido característico de Madrid en primavera, visible a través de los tragaluces que constituían su única conexión con el mundo exterior.La puerta se abrió a las nueve en punto. No er
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