La habitación 412 había adquirido un ritmo tan predecible que Cassandra podía anticipar cada intrusión médica con la precisión de quien ha memorizado una coreografía forzada. Semana diecisiete. El monitor junto a su cama emitía su pitido constante, ese sonido que se había convertido en la banda sonora de su cautiverio hospitalario. Pero esa mañana, cuando la puerta se abrió, no fue la enfermera Martínez con su rutina mecánica de signos vitales, ni la doctora Salazar con su eficiencia clínica desprovista de empatía.Era la doctora Isabel Romero.La psiquiatra cerró la puerta tras de sí con un clic deliberado que resonó en el silencio estéril de la habitación. No llevaba su portapapeles habitual, ni esa sonrisa profesional que había desplegado durante su primera visita. En cambio, había algo en su expresión &mdas
Leer más