Alexander.-Antonella preguntó, acariciando el borde de la manta rosada. Me acerqué paralizado, el hombre sostenía a una bebé de apenas días de nacida, la pequeña dormía profundamente. — ¿De quién es esta bebé, Antonella? –hice el esfuerzo por no demostrar el miedo de lo que esa pregunta y su respuesta pudieran desencadenar. — Es la hija de tu hermano, Damián –respondió restándole importancia a la magnitud de acción. — ¿Cómo? ¿Por qué? –susurré, sintiendo un sudor frío.— Di ordenes de vigilar a Olivia Lennox, tu cuñada ellos se esforzaron mucho por ocultar ese embarazo, pero por dinero baila hasta el perro así que pagué para que estuvieran al tanto y cuando llegara el momento del nacimiento secuestraran al bebé, solo hubo un ligero cambio de planes, mi suerte –soltó una gran carcajada llena de maldad pura–. A veces me sorprendo de la suerte que puedo llegar a tener, otro bebé nació muerto en esa clínica y la doctora a la que le pagué mucho, pero mucho dinero intercambió los bebés,
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