Gustavo se acercó despacio a la cama, sus pasos resonaban en la habitación silenciosa del hospital.Su rostro estaba pálido, y aunque intentaba mostrar seguridad, sus ojos lo delataban: había miedo, un miedo profundo de perder el control de aquella situación.—Sienna… —dijo en voz baja, casi un susurro—. No leas esa carta, dámela, cariño. La romperé por ti, no necesitas verla.Alargó la mano con cautela, como si se tratara de un objeto peligroso, pero Sienna, con un movimiento rápido, apartó la carta contra su pecho.—Quiero estar sola, Gustavo —su voz tembló, aunque sonaba firme—. Por favor, déjame.El hombre se quedó inmóvil, sorprendido.Su rostro se crispó un instante, como si no esperara esa reacción.—Sienna… por favor… —insistió, suplicante, buscando con la mirada alguna rendija en su voluntad.Ella lo interrumpió, con una frialdad inesperada:—He dicho que quiero estar sola.En ese momento, la puerta se abrió y la enfermera entró con una bandeja.Sus ojos se fijaron en Gustavo
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