Cuando Lucy y Sawyer salen de la oficina, aún con el peso de la conversación anterior sobre sus hombros, el aire del pasillo se siente más denso, casi imposible de respirar. No han doblado la esquina cuando, de repente, se detienen en seco: frente a ellos, imponente y con el ceño fruncido, los espera la jefa Ripley.El corazón de Lucy se le cae al estómago. Sawyer, en cambio, intenta mantener la compostura, aunque sus ojos se entrecierran con un destello de fastidio contenido.—Sawyer, bien, justo te estaba buscando. Necesitamos tener una conversación —dice Ripley con esa voz firme que nunca admite réplica.—Estaba a punto de marcharme a casa, Rip. Dejémoslo para mañana mejor —responde él, intentando sonar relajado, casi indiferente, aunque su postura tensa lo traiciona.El ceño de la jefa se profundiza, marcando arrugas que le endurecen aún más el rostro.—No era una sugerencia, Campbell, era una orden. A mi oficina. Ya. —Sus ojos se mueven hacia Lucy, penetrantes, afilados como bis
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