La noche había caído sobre la fortaleza con un peso casi físico, como si la oscuridad hubiera descendido para presenciar todo lo que estaba por desatarse. El aire vibraba con tensión concentrada, cada respiración cargada de una electricidad que no se atrevía a estallar. El último informe seguía resonando en las paredes del salón estratégico, y aunque todos mantenían un semblante de control, ninguna de las miradas podía ocultar la gravedad de lo que se avecinaba.Dante caminaba de un lado a otro frente a la mesa de operaciones, los mapas desplegados como un rompecabezas que él analizaba una y otra vez. Sus pasos eran firmes, medidos, pero la rigidez de su mandíbula lo traicionaba. Mikhail permanecía a un lado, los brazos cruzados, inmóvil como una estatua de ónix, observando todo con esos ojos fríos que parecían anticipar una tormenta. Sergey y Mikko revisaban por enésima vez los reportes obtenidos de Isabella, la infiltrada que habían capturado. Faltaban piezas, pero por primera vez e
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