El sonido de la lluvia golpeando la ventana llenaba la habitación con un murmullo constante, casi hipnótico. Isabel estaba sentada en el sofá de su sala, abrazando sus rodillas, la cabeza baja, sumida en pensamientos oscuros. Habían pasado dos días desde la audiencia, y la tormenta en su interior no había hecho más que crecer, una batalla constante entre la ira, el dolor y la duda. Había momentos en los que la confesión de Alejandro le parecía un paso hacia la redención, pero en otros, esa misma confesión parecía una nueva mentira, una estratagema más para manipularla. Su mente no dejaba de repetir las palabras que había escuchado.Luna, que dormida en su cuna, emitió un suave suspiro, y por un instante, el mundo de Isabel se detuvo. Miró a su hija, esa pequeña criatura que había llegado a su vida para transformarlo todo. Ella lo sabía. En lo más profundo de su ser, Isabel sabía que Luna era la razón principal por la cual todo debía resolverse, por la cual tenía que tomar decisiones d
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